Vivencias iniciáticas

Sentado, despojado de mis elementos, con mis ojos tapados pero con los sentidos abiertos, trataba de controlar mi respiración en un intento de calmar mi alma, para con ella, entender lo que me mis ojos no veían, voces, murmullos, ruidos y olores extraños me rodeaban.  El frio que subía por mi descalzo pie derecho se unió en mi pecho con el frio que bajaba desde mi desnudo brazo izquierdo, luego, se descorrió la venda que cubría mis ojos, de a poco, las pupilas se fueron acostumbrado a la tenue luz que emanaba del candil; fue entonces que aparecieron frente a mí siete letras V.I.T.R.I.O.L., las cuales resaltaban sobre el fondo negro de aquella cámara, V.I.T.R.I.O.L., mi primer contacto con un mundo desconocido, V.I.T.R.I.O.L., ya mismo ansiaba conocer su significado, V.I.T.R.I.O.L., un enigma en si mismo que me llevaba hacia otros misterios, hacia un viaje, que quizás sin saberlo, comenzara un tiempo atrás.

Apoyado sobre el oscuro paño de la mesa se encontraba un trozo de papel, en cuya forma piramidal se encontraban impresas cinco preguntas, un cuestionario que luego de analizarlo por un momento comprendí que quizás yo no sabía por completo las respuestas a aquellas preguntas, comprendí que debía buscarlas dentro de mi mismo, buscar, y explorar dentro de mi alma. Los objetos que se encontraban en la mesa, una calavera, un reloj de arena, agua, y otros elementos; me transportaban, a propósito, a lo mas básico de mi ser, a lo que nos iguala, la muerte, la calavera, lo inevitable, lo incontrolable del tiempo, el agua fuente de vida, y allí, encontré las respuestas a dichas preguntas y a muchas otras que surgieron desde algún lugar, un compromiso con mi ser, una fraternidad universal, una dirección, siempre hacia adelante, pero asentado en las bases que vamos forjando a cada instante de nuestra existencia, bases estas que, de una manera u otra, siempre son ayudadas a forjarse por nuestros pares y cuyas bases también ayudamos a forjar, muchas veces sin saberlo.

El hermano que me guiaba me volvió a vendar los ojos, esta vez, de pie, sentía el aire entrar en mis pulmones, mi cerebro estaba liviano, claro, presto a interpretar lo que se aproximaba. De repente, tres golpes a la puerta y una voz grave que desde adentro decía palabras que sonaban repetidas miles de veces, millones de veces, aquí, allá, ahora, antes, luego; siempre. Palabras de un ritual cuyos orígenes se me ocurrían perdido en los confines del tiempo, pero sin embargo, un ritual que, pasado de boca en boca, de corazón a corazón, de un alma a la otra, de un hermano a otro, venía desde siempre, estaba allí conmigo, y seguiría estando presente mientras existan los humanos sobre este mundo, seguiría estando presente mientras hayan hombres de bien.

Un objeto punzante oprime mi pecho, la voz ordena que use mi tacto para comprender de que objeto se trata, mis manos sienten el metal, las yemas de mis dedos perciben el frio y el filo que solo pueden corresponder a una espada; allí, rodeado de voces, de cuerpos, de almas, de ruidos, indefenso, con una venda en mis ojos, me siento, sin embargo, en una cierta paz conmigo mismo, en una especie de seguridad brindada por lo que me rodea, el miedo no existe, el miedo es lo desconocido, la angustia va cediendo ante la razón, que de a poco deja percibir lo importante de aquel momento, de aquel renacer, de aquel desaprender, de aquel volver a aprender.

“El que penetre aquí tendrá que combatir sin tregua contra el error, el egoísmo y el vicio; contra todo lo que oscurece la inteligencia, pervierta el sentimiento o esclavice la voluntad, tendrá que luchar consigo mismo, dominar las pasiones, desechar todo móvil interesado y dedicarse, para siempre, a la práctica del bien”, dijo aquella voz, una voz, otra voz, varias voces, la misma voz.

“Tres viajes realizarás…” escucharon mis oídos, durante ellos, ruidos de lucha, entrechocar de espadas me rodeaban, desconcierto, atención, aprendizaje, aguzar los sentidos; sentidos que me decían que aquellas luchas, aquellos ruidos, eran las luchas que yo mismo debería enfrentar dentro y fuera de mi ser para lograr la práctica del bien, conmigo mismo y con los demás. Amargores y dulzores se me dieron, amargores y dulzores que se me representaban como cada acto de la vida, como lo dulce que hay en lo amargo y lo amargo que hay en el fondo de cada dulce, en cada aspecto de la vida. 
No sé cuanto tiempo estuve con los ojos vendados, el tiempo siempre me pareció relativo, pero en aquel lugar, en aquel momento, el tiempo parecía flotar, estirarse, contraerse, amoldarse a aquella realidad que me recibía, a aquellas almas que me recibían.

“Pueblo masónico, como soberano que sois, ¿que pedís para el profano? 
LUZ

La voz dejaba entrever un tono exultante, que hacia prever que la claridad llegaba, que pronto sentiría con todos mis sentidos, que los ojos vendados solo permitían agudizar a los demás, pero que, sin embargo, los ojos, auxiliados por las demás. formas de sentir, completan lo que, como humanos, somos capaces de ver, de sentir, de comprender, de irradiar. 
Al quitarme la venda de los ojos, y con cada parpadeo que aclaraba mis ideas y mi vista, estaba rodeado de muchas almas, muchas mas de lo que el numero de voces que escuché con anterioridad parecía indicarme, sentí que en ese momento volvía a nacer, rodeado de almas que me esperaban, como en el primer nacimiento, pero a diferencia de aquel, era mi propia alma la que eligió, en esta ocasión, como volver a nacer.