¿El general Don José de San Martín era masón?

La participación de José de San Martín en la masonería de su tiempo resulta ser un aspecto sumamente importante de su personalidad política. Desde 1808, fecha de su inicio a la logia Integridad, en Cádiz, hasta su muerte en el año 1850, toda la biografía de San Martín está marcado por su participación en diferentes logias.

En Cádiz fue iniciado masón, como ya se dijo antes en la logia Integridad, cuyo V.:M.: era el general Francisco María Solano, Marques del Socorro. Luego, también en Cádiz, se une a la logia Caballeros Racionales N°3, logia donde recibe el grado de Maestro Masón en fecha 06 de mayo de 1808.

Después de un breve paso por Sevilla, San Martín se estableció en la ciudad de Londres durante un periodo de cuatro meses donde participó de la fundación de la logia Caballeros Racionales N°7, junto al Conde de Fife, una de las figuras principales de la masonería Londinense, acordaron los detalles de su viaje a Buenos Aires, destino al cual arribó a bordo de la fragata George Canning junto con los QQHH Alvear, Zapiola, Holmberg, Chilabert y varios otros. 

Ya en Buenos Aires el libertador se reunió con el VM.: de la logia Independencia, Julián Alvarez, y con su ayuda se fundó la logia Lautaro, logia de la cual fue primer VM.: Alvear.

La siguiente logia que constituyó fue la logia Lautaro de Córdoba, cuya acta de fundación data del día 24 de mayo de 1814, pasados cinco meses de esto, ya asentado en la ciudad de Mendoza, como Intendente de Cuyo, fundó la logia Lautaro de Mendoza, en el año 1816 el entonces Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, nombró a San Martín jefe del Ejercito de los Andes, en ese contexto El Libertador fundó la logia del Ejercito de Buenos Aires, en la que fue designado VM:. El parte de la victoria en Chacabuco lleva su firma y la rubrica que San Martín utilizaba, en esa época, en los documentos masónicos. 

Ya en el Perú, donde fue declarado Protector, fundó la logia Paz y Perfecta Unión en el valle de Lima, que aun en la actualidad lleva el N°1 de la Gran Logia del Perú, tiempo después El Libertador programó el encuentro con su hermano masón Simón Bolívar, en cuyos preparativos participó la logia Estrella de Guayaquil.

Luego de esto, declinó el mando supremo y, tras una muy breve estadía en Mendoza, embarcó con destino a Londres el día 10 de febrero de 1824. En Europa se reencontró con el conde de Fife, pasó un tiempo en Escocia, lugar donde concurrió a las tenidas de las logias San Andrés N°59 y San Juan Operativo N°92, pasando luego a la ciudad de Bruselas, donde participó de la logia La Perfecta Amistad, logia esta que mandó a acuñar una medalla de plata en su homenaje, obra del QH Henri Simón, medalla en la cual se muestra un San Martín ubicado de perfil.

Al radicarse definitivamente en Francia, se reencontró con Alejandro Aguado, Marqués de las Marismas del Guadalquivir, junto a quien asistió a las tenidas de la logia de Ivry, cuyo VM:., era el doctor Rayer, medico personal de Aguado.

 La militancia masónica de San Martín no fue un entretenimiento, una manera elegante de distraer sus horas al estilo ocioso, todo lo contrario. Para El Libertador, la masonería fue una vocación ideológica y una herramienta política para llevar a cabo sus ideales de libertad. San Martín no inventa nada. La revolución americana, desde Estados Unidos al Río de la Plata, es imposible entenderla al margen de la masonería.

La Revolución Francesa no se concibe sin los masones. La modernidad como tal tiene como actores privilegiados a los masones. Nuestra historia nacional, sus principales protagonistas a lo largo del siglo XIX y las primeras décadas del veinte son masones. Algo parecido ocurre en Chile, Brasil y, por supuesto, Uruguay. Es imposible entender la modernidad sin el componente cultural y político de la masonería.

 No existe biografía pública o privada de San Martín sin este reconocimiento ideológico. Masones fueron sus amigos mas íntimos, masones fueron los principales oficiales de su ejército y masones fueron sus compañeros de militancia política. Las máximas para su hija tienen el tono ineludible de la retórica masónica; su testamento utiliza los términos clásicos de los masones de su tiempo. Su proverbial reserva, el secreto con el que rodeaba sus actos, la discreción de sus declaraciones, corresponden a la clásica disciplina personal de los masones.

Desconocer esta relación de San Martín resulta entonces una torpeza o algo peor. En todos los casos, ninguna de las consideraciones que se hagan en ese sentido alcanzan a ocultar lo evidente. San Martín, como la inmensa mayoría de los guerreros de la Independencia, fue masón al igual que sus pares Miranda, Bolívar, Alvear, O’Higgins, Guido, Belgrano, Moreno y muchos nombre mas, discutir hoy si San Martín fue o no masón puede parecer un debate menor, pero desde el punto de vista histórico no lo es. El Padre de la patria tiene demasiado prestigio como para desinteresarse de su ideología.

Como ya es de público dominio, San Martín no siempre disfrutó de esa honra. Tuvieron que pasar muchos años y circular bastantes libros, para que los argentinos decidieran otorgarle la condición de Héroe Máximo de la Nación. En el tiempo donde San Martín se fue de la Argentina, en el año de 1824 estaba muy lejos de ser el héroe que todos conocemos. Entonces no solo era criticado, sino que amplios sectores de la élite porteña lo aborrecían. Cuando fallece El Libertador en 1850, la información que llega a Buenos Aires fue apenas una noticia.

En el año de 1855 la logia Unión del Plata de Buenos Aires designó a los QQHH Domingo Faustino Sarmiento y Santiago R. Albarracín para gestionar una estatua que recordara la memoria del Libertador de Argentina, Chile y Perú, esta obra fue realizada por el escultor francés Luis José Daumas, y es una replica de la original que fue inaugurada en 1860 por el gobierno municipal de Santiago de Chile, ambas estatuas son casi idénticas, la diferencia radica en que la estatua de Chile tiene la cola del caballo como tercer punto de apoyo en el suelo por precaución ante los sismos trasandinos, en la estatua Argentina la cola del corcel luce espléndidamente desplegada. La ceremonia de inauguración se llevó a cabo el día 13 de julio de 1862, acto en el cual hicieron uso de la palabra los masones Bartolomé Mitre, el general Enrique Martínez, Tomas Guido, amigo intimo del prócer y el general Lucio Mansilla, comandante de la Guardia de Veteranos. 

Inmediatamente la masonería argentina comienza las gestiones para la repatriación de los restos de José de San Martín, el proyecto legislativo fue aprobado, pero, como el país se encontraba luchando en la Guerra del Paraguay, el traslado se postergó hasta el año 1880, cuando a principios de 1880 sus restos llegan a la Argentina, a bordo del Vapor Villarino, su prestigio había crecido, pero todavía no era absoluto.

El obispo de Buenos Aires, por lo tanto, opone obstáculos teológicos para que sus restos descansen en la catedral, argumentando, sobre todo, su militancia masónica. Luego de numerosas consultas y reuniones, la iglesia aceptó la construcción de un mausoleo junto a la catedral, en el ala derecha, Nuestra Señora de La Paz, pero fuera del cuadrilátero sagrado, colocando el ataúd en 45 grados, hacia abajo, con la premisa de que los fallecidos fuera del seno de la iglesia van al infierno, lugar este que se encuentra en las entrañas de la tierra, veinte años después, las autoridades eclesiásticas comenzaron a rendir homenaje al Padre de la Patria.

Ademas del Libertador en ese mismo mausoleo descansan los restos de Las Heras, Guido y el soldado desconocido. 
¿Será para tanto esa cuestión? Lo es. Un masón no puede ser recibido en tierra consagrada. Si bien el Papa condenará a la masonería oficialmente recién en el año de 1884, la condena de las autoridades eclesiásticas existía de hecho desde mucho antes. “En esta iglesia no entran perros ni masones”, era una leyenda que presidía la entrada de muchos templos católicos. 
La relación de San Martín con las logias inglesas dieron lugar a imputaciones acerca de su sometimiento a la diplomacia británica.

Lo mismo se dijo de Miranda y Bolívar. Reducir la actividad de San Martín a la de un agente secreto de los ingleses, es tan falso como desconocer sus compromisos con las logias masónicas de su tiempo, el instrumento político operativo para llevar adelante los planes de emancipación. Por más que a ciertos nacionalistas el tema les moleste, a fines del siglo XVIII y a principios del XIX no se podía hacer política al margen de Gran Bretaña o desconociendo la gravitación e influencia de la Rubia Albión.

 En aquellos tiempos, como ahora, los hermanos de una logia están comprometidos a actuar de común acuerdo. Todos se comprometen a que las principales iniciativas políticas se decidan en el interior de la Logia, y todos los integrantes están obligados por juramento masónico a hacerlas cumplir. Los funcionarios políticos saben que toda decisión trascendente debe tomarse consultando previamente a la Logia. Así pensada la Logia, es como una suerte de partido secreto, centro de poder intelectual, moral y operativo que funciona en las sombras y decide sobre las cuestiones del poder, “obrando con honor y procediendo con justicia”. 

Se dice que la Logia Lautaro no era masónica porque no estaba reconocida por la Logia de Londres. Para 1813 y en las condiciones de las guerras emancipadoras, ésta no era una condición excluyente. Su funcionamiento, su reglamentación interna, su carácter secreto y discreto se corresponde con la preceptiva masónica. Como en la célebre fábula del león, San Martín se portaba como un masón, se juntaba con masones, hablaba como un masón, se vestía como un masón, a cada lugar que iba se relacionaba con alguna logia pero, según los católicos integristas, no era masón. 

Aquí en nuestra Argentina, en Chile, en Perú, en Londres, en Escocia, en Bélgica y luego en París, San Martín se mantuvo siempre leal a disciplina interior, sus Máximas, escritas para su hija y su testamento, revelan la cultura masónica de alguien a quien muy bien se lo podría definir, en relación con su fe, como deísta. Es decir, alguien que cree en la existencia de un ser superior, que no niega a Jesús, a quien reivindica como el filósofo de Nazareth, pero considera que el principal atributo que Dios – el Gran arquitecto del universo – nos ha dado es la libertad, en el máximo sentido de la palabra; y particularmente, la libertad de pensamiento, esa libertad de pensamiento que El Libertador Don José de San Martín ejerció durante toda su vida en su condición de hombre libre.